
‘WHITY’: BAILE LIBERADOR EN EL DESIERTO ETERNO
Por Miguel Pradas
Pieza gráfica: Fran Sánchez
Rainer Werner Fassbinder dirigió en 1971 una de sus películas más excéntricas, ‘Whity’, una tragedia germana, con aires de western retorcido hasta el absurdo, una historia de seducción y caída en desgracia. «Quiero que disfruten todo lo que hacemos por ellos», confiesa al inicio del metraje el protagonista, un sirviente negro en tiempos en los que había que sufrir racismo generalizado y humillación cotidiana. Su traje profundamente rojo, sus labios encalados, esa tácita aceptación del papel de sumiso ante el terrateniente, contrastan desde la primera escena con los ideales de sus hermanos de raza, que salpican de saliva su rostro, que le insultan por su complicidad con el hombre blanco que les doblega: le gritan ‘Whity’.
Fassbinder presenta una amalgama de géneros típicamente americanos: apelando a la polvareda propia del Far-West; apoyándose en la figura del héroe solitario que afronta la contienda sin nada que perder; adoptando la fatalidad de las grandes familias con el hijo que nunca hará justicia al ilustre apellido, como ese Theron Hunnicutt al que el padre de familia Robert Mitchum quiso conquistar en ‘Con él llegó el escándalo’ (Vincente Minnelli, 1960); acariciando el melodrama de ese mismo hijo, que se reconoce incomprendido, abandonado a su suerte, a pesar de que aquí la madre no desaparezca como hiciera la Barbara Stanwyck de ‘All I desire’ (Douglas Sirk, 1953), sino que se quede para torturar al descastado. «Muerto serías un recuerdo dulce; vivo sólo eres un estorbo, una criatura inútil».
El director alemán proyecta una parábola en la que se vulgariza la rigidez narrativa y temática de las convenciones del cine. A través de una serie de personajes insólitos, Fassbinder evalúa la ideología occidental y la problemática social que se deriva de su preeminencia. Se trata de un estudio de la psicología humana, de la desestructuración del núcleo familiar, de la descomposición de valores tradicionales cuyo esquematismo fomenta el liderazgo de los gobernantes.
Una familia disfuncional es la que rige el destino de Whity, perpetuamente subestimado por su condición de vástago ilegítimo del patriarca, Ben Nicholson, a quien sirve como mayordomo. Es el ranchero más adinerado de los alrededores, con dos hijos que son figuras exóticas en el paisaje: uno por su reprimida homosexualidad; el otro, por acarrear un retraso mental. Y con una mujer que, mientras tanto, se deja llevar en una espiral de amantes. Un látigo es el utensilio de dominación de Nicholson: con él, castiga la candidez de Whity o la ignorancia de su hijo discapacitado, sempiterno insoportable: «Hay tantas formas hoy en día, inyecciones… Sólo el aguijón de una aguja, no sentiría nada y se echaría a dormir para siempre». Todos ellos se precipitan a la perdición con ese talco desmesurado que colorea sus rostros, signo de distinción, sí, pero también de aislamiento. Blancos que quieren ser más blancos.
«Frank está enfermo, David está enfermo, Katherine es una hiena, te ordeno que los mates a todos: te lo dejaré todo a ti, eres el único de mis hijos que ha heredado algo de mi carácter», acaba confesando el padre de familia a Whity, cuando aquél conoce que una penosa enfermedad le corroe las entrañas, cuando la blancura no se ve tan trascendental.
El sirviente negro acaba siendo el más cuerdo de todos ellos, guiado por el esplendor de la cabaretera Hanna Schygulla. «¿Te das cuenta de que ahora moriremos de sed?», le dice ésta cuando la tragedia tenía la historia cubierta con su velo oscuro. Da igual, porque Whity ya había abierto los ojos, olvidando los ataques racistas de esos ‘cowboys’ de pelo ralo. Ben Nicholson acabaría besando el suelo de mármol y Whity, desligado de esa chaqueta profundamente roja, se regodearía con un baile liberador en el desierto eterno.